domingo, enero 15, 2006

¿ES NECESARIO MODIFICAR EL ESTADO DE BIENESTAR?

¿Es necesario modificar el Estado de Bienestar?
Francisco Barco Solleiro

La vida es cambio, lo que no cambia es muerte y en los momentos de crisis, de convulsiones, ahora, en la situación que muchos denominamos la Revolución Planetaria y una Nueva Civilización (Ramonet, Cebrián, Castells...) hemos de replantear nuestras teorías y las prácticas dimanantes de las mismas porque se ahogan en soluciones que responden a situaciones pasadas.
Ante esto no debemos rehuir, ni dilatar una toma de postura, más bien nos es urgente emprender una búsqueda razonable de nuevos enfoques, organizaciones y estructuras que sin olvidar, ni hacer tabla rasa de lo anterior, sea científica, libre, crítica y arriesgada e investigadora.
Deseo proponer una reflexión sobre lo que creo es una línea común a todas las teorías y políticas sociales habidas y existentes, que se desarrollaron con la revolución industrial, tomando forma definitiva a finales de los años 30 y 40 en lo que hoy conocemos como el Estado de Bienestar[1] (Wenger, Tezano). Esa línea común a la que me refiero tiene cuatro variables que se reproducen de una forma explícita o tácita en las diferentes filosofías que animan las distintas expresiones del llamado E.B., y se corresponden básicamente con las concepciones hegemónicas de la etapa del desarrollo tecnológico y humano de su tiempo. A mi entender son: 1) Concepción económico-productivista. 2) Organización tecnológico-mecánica. 3) Ideario ilustrado-desarrollista, y 4) Ética maniqueo-individualista.
Entre otros muchos elementos definitorios de nuestra civilización, de nuestra historia urbana, también estas variables, como las he denominado y a las que me refiero como hegemónicas, están saltando por los aires, yéndose como agua entre los dedos con la revolución planetaria.
Ante tales acontecimientos, confundidos unos, aterrados otros, buscan volver al “Becerro de Oro”, a reglas del pasado que den la seguridad pérdida; o bien, de forma iconoclasta, desean hacer tabla rasa. Algunos buscan reflexivamente una respuesta nueva.
La revolución y cultura urbana a la que nos referimos abarca la práctica totalidad de nuestra historia y ha ido desarrollándose a través de las sucesivas transformaciones y revoluciones hasta nuestra época y es ésta la que se encuentra finalizando. Nuestro mundo, la civilización como la hemos conocido y vivido está acabando y a la vez dando paso, pariendo una nueva civilización en un proceso revolucionario que he dado en llamar planetario.
Pero una característica específica y determinante, como ninguna habida hasta ahora, es su rapidez y a la vez su extensión. El salto es abismal, cualitativo y cuantitativo, en el fondo y en la forma, en el espacio y en el tiempo. No es posible pararlo, ni siquiera podemos esperar con una relativa calma. El proceso histórico se ha acelerado y se sucede en cortos periodos de tiempo en nada parecidos a los esquemas anteriores dónde las transformaciones abarcaban procesos que duraban varias generaciones y siglos. Tampoco es posible pensar que sólo afecta a una parte, una región, un continente: hoy la Historia se produce a la vez en todo el Planeta. Junto a estas características diferenciadoras se encuentran, al mismo nivel de importancia, la revolución científica básica y la aplicada (Rifkin).
Ese tiempo real tan presente y ese poder hacen de estos momentos y de las luchas necesarias entre lo que tiende a nacer y lo que se ve amenazado con desaparecer, que sean de una importancia sin límites llena de peligros irreversibles y virtualidades transformadoras y positivas.
No se trata del “final de la historia” que defendiera Fukuyama y que ahora modifica algo (El País 17-6-99), con el que no estoy de acuerdo, pues ignora deliberadamente que la revolución planetaria, que a él le sirve como coartada definitiva para demostrar la bondad y el triunfo de las tesis neoliberales, lo que verdaderamente cuestiona como modelo económico y social y pensamiento único es a ese modelo neoliberal que defiende. Pues una civilización vertiginosa, inteligente e igualitaria no da cabida, salvo con el riesgo de su total destrucción, a la jerarquía, la uniformidad excluyente o el beneficio sin límites.
Refiriéndonos específicamente al objeto de la comunicación, ¿el E.B. responde sólo a un modelo, a la etapa anterior? ¿Necesita modificaciones? Indudablemente nace en una época y es deudo de sus filosofías y sistemas. Desde este punto de vista, la contestación es afirmativa, debe ser transformado. Pero es uno de los espacios utópicos, de “ideas fuerza” (García-Nieto) que avanzan el futuro de la nueva civilización.
A mi juicio los problemas que hoy afectan al E.B. son de crecimiento, de nueva configuración y de asunción de la filosofía de la nueva revolución; aunque es el campo de batalla privilegiado entre el “anciano régimen” y el “orden nuevo”, pues sólo es considerado por el “viejo sistema” como tratamiento residual para los excluidos o soporte “beneficioso” de los “desechables” no productivos.
Pero el E.B. nace junto a otras “señales” del cambio que se anunciaba y que nos indican parte de las transformaciones necesarias, como son, entre otros, los Derechos Humanos y su Declaración Universal.
Pues bien ¿Cuáles son sus rémoras y cuáles las transformaciones? Aunque Keynesiana, la mentalidad del E.B. es económico-productivista. Para que el sistema siga se ha de redistribuir los beneficios; también a los desfavorecidos les tiene que “producir” el sistema. Los productores tienen derecho a unos beneficios “diferidos”. Un ejemplo claro de lo manifestado podemos encontrarlo en las pensiones de viudedad, generalmente de mujeres, pues al ser ellas personas no-productoras, amas de casa, sólo perciben el 45%, mientras si es al revés, al cónyuge se le descuenta el 6%.
Igualmente responde a una organización tecnológico-mecánica de la sociedad por la que, aplicando las leyes que rigen el modelo tecnológico y la mecánica, se considera que la sociedad mejorará y sus problemas se resolverán. Ya hemos visto como este modelo organizativo deshumaniza y no resuelve; es más, junto a la mentalidad económico-productivista “ha conseguido” la sociedad dual.
De la misma forma el E.B. es hijo del ideario ilustrado-desarrollista. El desarrollo sin límites logrará el bienestar sin límites; sólo hará falta distribuirlo mejor. Ya sabemos que el desarrollo tiene un límite y que el bienestar es más para unos que para otros, e incluso para muchos no llega.
Por último, en este análisis de los valores imperantes en nuestra sociedad actual y su influencia en el E.B., éste se encuentra dentro de la que llamo “ética maniquea-individualista”. Los excluidos lo son no por el “sistema” que ampara y es igual para todos; los marginados, expoliados, incluso los “nadie” como dice E. Galeano, lo son por su propia y exclusiva culpa, porque existen “buenos y malos”. Hay personas, individuos productivos y gente improductiva, parásita.
Todo esto avala y fuerza la necesidad del pacto entre capital, fuerzas sociales y gobiernos de los años 40 por el que se desarrolló el E.B. y que permitió al sistema apaciguar los conflictos, promover el consumo y el mercado y convertirse en único, especialmente a lo largo del tiempo con la caída estrepitosa de los regímenes comunistas. No obstante aceptó unos límites y ello permitió la dignidad de muchos y el reconocimiento de derechos y deberes (Wenger, Soros, Popper).
Resumiendo, el E.B. y otras conquistas sociales y políticas, incluso las mentalidades de organizaciones sindicales y políticas progresistas se nutren de los valores señalados como dominantes en una etapa histórica, forman parte del armazón cultural e ideológico, incluso la lucha de clase, que “sólo podrá ser superada por el advenimiento del comunismo y de un mundo nuevo”.
Ese mundo nuevo está a las puertas, aunque no como lo querían todos los revolucionarios sociales y de la forma que muchos lo soñamos construir y desde luego con el peligro real de no llegar a existir. Pienso que esa revolución que está ocurriendo necesita que seamos protagonistas conscientes y críticos.
¿Cómo y cuál es el nuevo papel del E.B. y de sus sujetos activos? Muchas de sus señales ya se pueden conocer y me parece evidente que el primer cambio es el del concepto: no se trata de Bienestar, algo que indica pasividad, condiciones externas, etc., y sí de Bienser. No es o tener para valer o vales, eres porque estás en el lugar de la sociedad afortunada. ERES, porque has nacido igual y con todos los derechos y por eso debes tener, valer, participar. Hoy deberíamos llamar al Estado de Bienestar, Estado de Justicia o Estado de Derechos Humanos o Estado de Calidad de Vida y Desarrollo Humano.
Cuando antes hacía referencia a la Declaración Universal de los DD.HH. era ésta la intención: el E.B., lo Derechos Humanos y otras conquistas son las utopías realizables en esta nueva etapa histórica.
No tenemos derechos porque hayamos nacido en un lugar de privilegio, hayamos producido o seamos de una religión, sexo o etnia determinada; tenemos derecho a la vida, y vida digna, a la libertad, la vivienda, la educación, la salud, la cultura, la intimidad, a una actividad creadora durante toda la vida, un salario suficiente... La pensión no es un beneficio gracioso de la sociedad, ni siquiera la recuperación dilatada en el tiempo de lo producido y su plusvalía: somos persona con derecho a ciudadanía plena, protagonista y digna desde que nacemos hasta nuestra muerte. En este sentido, otro concepto que pienso ha de cambiarse es el de pensión, no sólo por las connotaciones semánticas sino porque una vida digna durante toda la existencia exige unos recursos dignos a disposición de esas personas, llámense salario vital, ciudadano, etc.
Pero una sociedad de derechos es una sociedad de deberes, nuestro primer derecho es un deber. Los derechos no provienen tampoco de un “Estado Benefactor”, sería beneficencia, provienen de nuestra dignidad individual y colectiva, y dignidad que todos debemos, con cualquier edad, aceptar, difundir y desarrollar.
Algunos podrían pensar que lo que digo es un manifiesto “iluso” de buenas intenciones y que el mundo, la realidad es y va por otra dirección. Pero no estoy diciendo que esa nueva civilización se encuentre como llovida del cielo, que llegará sin esfuerzos ingentes. Muchos son pesimistas, especialmente en referencia a los sectores peor situados y minorías desfavorecidas y en los primeros momentos de esta gran revolución planetaria, que tampoco podemos predecir cuánto durarán (Toffler, El País 5-8-99). Sí afirmo que la Revolución Planetaria se está llevando a cabo, será vertiginosa y abarcará a todo el planeta como nunca hemos podido imaginar, y ésta conduce a una nueva civilización cuyas virtualidades son libertad, mestizaje, igualdad, polivalencia, inteligencia...; pero como realidad humana, está preñada de “Eros y Tanatos”. Sus riesgos son graves y sus resultados también pueden ser funestos para todos. No podemos olvidar el crecimiento y la fortaleza de las mafias de todo tipo y el “nuevo orden” que desde algunas Naciones nos quieren imponer mundialmente, “vaciando” los organismos internacionales representativos. Son estas transformaciones las que exigen las modificaciones del E.B.
El trabajo como modelo victoriano, taylorista, considerado como único medio de subsistencia, de ahorro, socialización, pertenencia, autoestima..., ya no sirve. Es la actividad humana, creativa y creadora, de la que el empleo es sólo una parte de las mil posibles, la que es un derecho y un deber desde el “nacimiento a la muerte” (Rifkin).
¿Qué podemos decir, entonces, desde estas perspectivas de las llamadas políticas activas de empleo, de las controversias de pensiones contributivas o no contributivas y asistenciales? ¿Qué podemos opinar de las políticas asistencialistas y de esos programas “innovadores” de voluntariado que representan un retroceso hacia el Estado de Beneficencia? No se trata de criticar ni a la solidaridad, ni a la asistencia necesaria; lo que niego es que sean la base de las políticas sociales. La asistencia y la solidaridad son un deber y un derecho individual y colectivo y totalmente necesarias para reconocernos como humanos.
¿Qué pensar de nuestro papel como trabajadores sociales (y no hablo sólo de los profesionales acreditados)? El trabajo social quieren verlo reducido a un “submundo de lo desechable”. El sistema único nos quiere hacer ver que somos necesarios para corregir los desperfectos subsanables del mismo (Soros).
Nuestro papel es otro. Ante la información que coloniza y nos quiere hacer clónicos, ante la biodiversidad que margina, nosotros, y porque las potencialidades de esta revolución planetaria lo permiten y lo potencian, debemos trabajar por el desarrollo permanente de las personas; ante la ignorancia y la manipulación, el aprendizaje sin límites; ante la jerarquía autoritaria, la participación responsable y democrática; la libertad crítica ante el adoctrinamiento; ante la destrucción de la naturaleza, el desarrollo equilibrado y comunitario...
Nos impone descubrir un trabajo menos burocrático, individualista o corporativista conservador de los pequeños Reinos de Taifa; el trabajo y la actividad han de organizarse en red como expresión de un mundo inteligente en equipos verdaderamente multiprofesionales. Hemos de cambiar nuestros aprendizajes por módulos de competencias progresivas y permanentes. La universidad habrá de cuestionarse sus propuestas y sus modelos académicos.
¿Y quién paga todo esto cuando la tendencia es menos Estado, menos impuestos, y la globalización impone políticas de gastos públicos reducidos? No es sencilla la respuesta.
La calidad de vida, el potencial de desarrollo humano que nos indica la ONU van en la dirección necesaria y tenemos que promoverlo eficazmente. Si cuando hablamos de ”yacimientos” de empleo no creamos subempleo sino que exigimos buena protección de los ecosistemas y de los entornos con planes preventivos y penalizaciones para quienes los ataquen, si exigimos seguridad e higiene en los trabajos, en todos, ritmos de producción humanos, salud y educación para todos y durante toda la vida; si luchamos contra el consumismo desenfrenado y promovemos la información..., iremos en la dirección que nos indica la ONU que posibilita la nueva era y se crearán empleos y riquezas. No será sin grandes esfuerzos y luchas pero será o el destino de la humanidad estará en gran peligro.
Pienso que tenemos una tarea apasionante, arriesgada y totalmente innovadora.
BIBLIOGRAFÍA

u IGNATEFF, Michael. “Derechos humanos, la crisis de los cincuenta”. En POLÍTICA EXTERIOR, vol. XIII, Julio / Agosto 99, nº 70. Madrid.
u Entrevista a I. Ramonet, El País 1-8-99.
u ESTEFANÍA, Joaquín: Contra el pensamiento único. Madrid: Taurus, 1997.
u NAÏR, Sami: “La época de las identidades”. En El País 24-7-99.
u FUKUYAMA, Francis: “Pensando en el fin de la historia diez años después”. En El País 17-6-99.
u TEZANOS, Félix: Tendencias en desigualdad y exclusión social. Madrid: Sistema, 1999.
u Entrevista a Alvin Toffler, El País 5-8-99.
u PNUD (ONU): Informe sobre el Desarrollo Humano, 1999.
u RIFKIN, Jeremy: El fin del trabajo: nuevas tecnologías contra puestos de trabajo. El nacimiento de una nueva era. Barcelona, Paidós Ibérica, 1996.
[1] En adelante E.B.