viernes, enero 20, 2006


UNA NUEVA CIVILIZACIÓN
Francisco Barco Solleiro

La historia, aunque sea transmitida por vía oral o a través de aquellas imágenes ancestrales de las tradiciones culturales o religiosas, nos habla de una gran revolución: cuando el hombre se sedentari­za, cultiva la tierra y construye la ciudad. Es el comienzo de la revolución urbana.

La urbanización del género humano es la gran revolución que hará transformar física, psíquica, social y culturalmente al hombre.

Esta revolución, comenzada hace miles de años, ha ido conformando una organización social, un modelo económico, unas formas jurídicas, éticas y culturas diferentes.

En este devenir histórico se sucedían épocas y transformaciones, algunas de las cuales por su significancia social las consideramos como revoluciones. Así, el esclavismo, feudalismo, la industrialización, son procesos transformadores que han des­arrollado cuantitativa y cualitativamente la revolución urbana comenzada al principio de nuestra civilización actual; son verdaderos jalones que nos han proyectado a la revolución histórica que se viene fecundando y tenemos/tendrá que producir/se: la revolución planetaria.

Con el inicio de la urbanización, y la aparición de la ciudad, se dio comienzo al proceso revolucionario de la primera y gran revolución total: la urbana. Fue la creación de nuestra civilización y la causa principal de las llamadas o consideradas revo­luciones históricas.

Las contradicciones dialécticas que todo proceso conlleva, nos empujan en estos momentos hacia la segunda revolución total de la historia humana: el cambio de civilización. La revolución plane­taria.

Desde hace tiempo se viene intuyendo, profetizando esta nueva era, esta gran transformación: "aldea global", "el fin de las ideologías o de la historia", "otro mundo es posible"…

Asimismo, las graves crisis, los conflictos que nuestra época padece, son los signos evidentes de su necesidad de desaparición y del alumbramiento de la nueva era. Como cuerpo social vivo, la humanidad experimenta la estrechez de la "horma" antigua y la urgencia de la nueva. El estrés urbano, la despoblación y desertización de grandes áreas, la saturación de los mercados, los conflictos armados generalizados, la violencia, la masificación, y a la vez la soledad humana, las contradicciones sectoriales profundas, el agotamiento de los recursos, la falta de respue­stas racionales de las instituciones que nos hemos dotados...Todo nos habla de la necesidad de un verdadero salto cualitativo. ¿Sabrá la humanidad aprender sin sobresaltos traumatizantes, con previsión y perspectivas?

Ante todo proceso histórico de importancia aparecen posturas diferentes: reaccionarias, conservadoras o progresistas. Unos se vuelven al "becerro de oro", otros desean no cambiar y otros se arriesgan libres, responsables y personalmente en la búsqueda de esa nueva sociedad, cultura e incluso ética.

A riesgo de equivocarme y con el ferviente deseo de no ser exclu­yente, ¿cuáles podríamos considerar valores, formas, concepciones y modelos emergentes para esta nueva sociedad? ¿Qué pensamos valido de la antigua civilización?

La civilización y el modelo urbano nos llevaron a una organización cercana, de dimensiones próximas y limites fijados: la familia tal como la conocemos, las relaciones sexuales, la división de roles mujeres/hombres, los procesos cognitivos, el mercado, la propiedad y la producción.

La organización administrativa, política; los conceptos y viven­cias de patria, nación, ciudad; la organización de la defensa; el cuerpo jurídico civil, procesal y penal adaptado a la cercanía y competencia exclusiva del "clan urbano"; una ética de referentes limitados a esa exclusiva civilización de "allegados", etc..

En la nueva perspectiva se vislumbra y exige un gran cambio:

No sirve "nuestro colectivo", porque somos "el colectivo tie­rra".

No es adecuado “nuestro” patria, nación, etnia, porque somos todos un gran mestizaje.

Se destruyen las fronteras y las formas administrativas y políticas de pueblo, ciudad, nación, estado, que eran garantes del modelo de propiedad, del derecho, la herencia, la familia; ya todo lo ocurrido en el planeta, no nos es ajeno.

Se acabó el mercado, no tenemos mercado que ganar o descubrir; la competencia feroz ha convertido el mundo en una única plaza de abasto.

El proceso industrial, con la revolución técnico - científica - telemática ha sido implosionado y por ende, el modelo de apropiación, producción y social. La fuerza de trabajo se convierte en fuerza inteligente. Los proletarios somos todos: el consumo es la principal fuente de plusvalía y el capital es internacional y especulativo.

La ética, nuestra ética, no nos ilumina y siembra la duda, el temor ante todo lo nuevo y, además, no satisface a lo viejo. Era, y aún es, una ética para el pequeño colectivo; hoy es nece­sario que responda a un individuo planetario (sobrecogedora experiencia), sin límites definidos.

¿Dónde y cómo descubrir los nuevos caminos a recorrer?

Entre otros, pueden ser:

El proceso individualizador que construye personas.
Una situación de igualdad entre mujeres y hombres.

La solidaridad continua, aquí y ahora, e histórica entre indivi­duos libres y responsables.

La conciencia ecológica que nos lleva, no sólo a ser conservacionistas y sí, a un desarrollo equilibrado, comunita­rio, solidario y progresista.

A pensar y enseñar a pensar como actitud personal permanente, como investigación libre, crítica y participativa.

La actitud pacifica, comprensiva, paciente, exigente especialmen­te con la justicia, honrada, no dogmática, que busca la armonía y no impone.

La ética no mediatizada por tu clan, religión o cultura; una ética de la nueva cultura planetaria, no de compartimentos y sí integral e integradora desde ese nuevo individuo planetario, en esta nuestra tierra.

Una religión universal, no imperialista, abierta y multipartici­pativa. Una religión, no de mandamientos y sí de derechos y deberes de individuos social e históricamente responsables, que nos "religa" y nos impele al espíritu y no a las iglesias.

Se percibe la necesidad de nuevos modelos organizativos y participativos. Es necesaria una autoridad razonable y participada a nivel mundial. Es urgente la extensión y calificación del tejido asociativo.

Se ha de cambiar la enseñanza por un modelo epistemológico y un proceso permanente de aprendizaje.

Hemos de tener presente la aceleración de los cambios y los nuevos "tempus" psicológicos que afectan a la vida e imponen una maduración de las personas en forma y etapas diferentes.

Hemos de cambiar la competencia por la cooperación creativa en lo económico, social y personal, estas son las características motivantes de la nueva utopía y por consiguiente realizables.

¿De qué tenemos que desprendernos?

De la insolidaridad o solidaridad con "fronteras"; del miedo al riesgo; del mercado imperativo e imperialista. De una ética amordazante; de la religión sin espíritu, de la enseñanza adormi­dera y la pedagogía de la dominación.

De la competencia excluyente y los patriotismos, nacionalismos y todos los ismos que construyen y perpetúan los ghetos; de los colectivismos que ahogan al individuo y de la información como alienación y dominación.
También hemos de huir de la paz como ausencia de guerra, de la justicia como sólo legalidad; de la sexualidad sin comunicación, ha de negarse la "nueva ilustración tecnocientífica" idolatrada y el ecologismo "museístico arqueológico". En fin, hemos de renun­ciar a la pasividad, por la curiosidad, imaginación, creatividad y participación; potenciar la sociedad civil: crear controles democráticos a todos las niveles: democratizar la economía, fomentar las O.N.G. y estimular a los individuos, para que los deberes sociales sean responsabilidades personales.
Sevilla 1994.