viernes, enero 20, 2006

Educador, formación, empleo y “Ley del Mercado”

Las realidades humanas, y la formación lo es, son poliédricas, lo humano es multidireccional y multidimensional; cualquier intento social, político o económico, de los que desgraciadamente existen muchos ejemplos, para uniformar, unidimensionar o unidireccionar conduce al fracaso de lo propiamente humano que es holístico, heterogéneo, cambiante...
La “Ley del Mercado” se proclama y se impone como “única”, total, excluyente y sometedora de cualquier otra realidad o concepto. Es decir, todo está sometido al mercado, no existe bien, servicio o producto que no sea un bien servicio o producto “vendible”, depende de la ley de la oferta y la demanda. Es más, existe porque tiene o puede tener un precio; ése es su valor. Desde esta perspectiva, ¿pueden ser consonantes “Ley de Mercado” y Formación?
Esta “Ley” ha conseguido, o nos quiere convencer de, que la formación, toda educación a lo largo de toda la vida, ha de ser productiva (principio fundamental en el mercado); un valor añadido (la persona será más empleable); competitiva (como objeto de demanda/oferta); deslocalizada (es el punto más palpable de la mundialización del mercado ya que cada uno se convierte en su propia fábrica ubicada en el lugar que el mismo ocupa); flexible (el demandante/ofertante somos cada uno de nosotros desarraigados socialmente); rentable (los costos, esfuerzos, infraestructuras los sostiene el formando); no conflictiva y uniforme (exige interiorizar ideológicamente el paradigma por cada uno de nosotros); acrítica (porque la ley es absolutamente jerárquica); eficaz y eficiente (en la nueva organización productiva se ha conseguido la piedra fundamental del mercado: el acercamiento, la uniubicación absoluta de producción, distribución y consumo, ya que el productor y el consumidor es la misma persona).
¿Qué tiene todo esto que ver con la investigación, acción participativa, con la educación liberadora, crítica y global? ¿Estamos confundidos, la formación y la educación son exclusivamente un producto de mercado? No, y no sólo por ir contracorriente o por pura afirmación ideológica.
Es verdad que con la aparición de la industria se necesitó una instrucción generalizada para adecuarse a la nueva estructura de la época y ahora, en un marco productivo cualitativamente diferente es necesario “otra instrucción general”. También es cierto que en una sociedad competitiva de clase, de poder la “in-formación” es dominio, pero decir que la formación es empleo es un error, y no discuto la necesidad de una alfabetización funcional y generalizada permanente. A mayor formación serás más “empleable”, pero el empleo es desgraciadamente un producto de mercado y dependerá de éste en cada momento, no de la formación que se posea aunque estén íntimamente ligados.
Pero además de esa falacia, sabemos que la mayoría de empleo que crea la formación es para los “formadores avispados”; la formación, la educación a lo largo de toda la vida es un derecho individual y colectivo, un deber personal y social que como tal derecho no es objeto de mercado. Es más, debemos desenmascarar las corrientes que hacen de la formación para el empleo y la ocupación el norte de toda educación desligada de la educación integral, porque ni sirve para el empleo, ni responde al derecho humano.
Además, insisto, en una sociedad inteligente, donde no se trata de obtener conocimientos y sí de conocer, aprender el proceso de esos conocimientos, que es como trabaja la inteligencia, la formación que defendemos entra en contradicción evidente con la “ley del mercado”.
Porque se trata de aprender sin límites, cuyos valores son: anticipación, libertad, cooperación, competencia personal/social, solidaridad, crítica, abierta y curiosa, no dogmática. Y todo eso está contra un sistema único, sometedor y excluyente.
Ante esta situación, y especialmente si reflexionamos sobre la nueva sociedad que se desarrolla, nos hemos de plantear científica y éticamente el perfil y el trabajo del educador.
Si aceptamos como pensamiento y como práctica el modelo de sociedad que nos propone “ley del mercado”, “el pensamiento único”, o por el contrario, nuestros principios de procedimientos (Pérez Ríos) son la investigación libre, crítica, curiosa, anticipadora, la participación dialógica y dialéctica, no dogmática, democrática y solidaria y una acción metódica, científica, flexible y adaptada a su entorno, práxica (Gramsci), es decir, reflexiva, que se basa en un proceso de aprendizaje por competencias (Díaz) nuestro trabajo como enseñante y nuestro perfil como educador serán completamente diferentes.
A menudo es difícil distinguir. Con demasiada frecuencia, el uso de las nuevas tecnologías, la puesta en escena y nuestro propio vocabulario, parecerían que optamos decididamente por la opción ética, metodológica, social y filosófica de la investigación/acción participativa, y por el contrario, sólo estamos arropando y disfrazando el modelo de formación que defiende el mercado. Es más, los grandes “gurús” de la formación continua, de las “nuevas estrategias educativas”, del papel de la universidad y de los desarrollos curriculares “adaptados a las necesidades reales” practican una promiscuidad sin sonrojo de estos conceptos y del pensamiento único.
Creo necesario plantearnos un debate serio, en fondo y forma, y anticipador del perfil y del trabajo del educador en esta nueva sociedad.
Todos hablamos de la nueva sociedad, nuevo orden, nueva civilización... No deseo en este momento entrar en este tema porque no es para el espacio en el que nos movemos en este artículo y además existen investigadores y líneas de investigación muy competentes (M. Castells).
No obstante, me defino convencido de que estamos en una etapa completamente distinta, una verdadera revolución comparable a la revolución urbana del comienzo de nuestra era: la Revolución Planetaria que nos conduce a esa nueva civilización.
Así, el modelo de trabajo, y en consecuencia el perfil del educador, habrán de adecuarse a esa nueva cultura que deseamos profundizar y desarrollar.
Hemos de optar por un modelo no-bancario (Freire) y sí liberador, que promueva el proceso de convertirse en persona (K. Rogers) ante las exigencias colonizadoras y especialmente clonizadoras de la mundialización. Se ha de trabajar en equipos multiexperienciales, no sólo multidiciplinares que sólo tienen en cuenta los méritos académicos, y cuyos trabajos y resultados no son la suma aritmética de sus saberes, sino que las competencias conseguidas por esos equipos son “procesales, químicas, afectivas, geométricas y socialmente diferentes”.
No podemos seguir siendo transmisores de conocimientos e información porque eso es ya un trabajo tecnológico caduco, hemos de jugar a ser indicadores, favorecedores, copartícipes procesales, en presencia más de epistemólogo que de enciclopedia vivientes.
Trabajar un modelo de red, tanto vertical (en tiempo y en niveles) como horizontal, en solidaridad. La formación a lo largo de toda la vida (vida cronológica y espacial) se ha de asemejar al modelo inteligente, neuronal, donde el conocimiento se produce por relación intersicial.
Habremos de considerar la inteligencia como realidad viva, no estática, multiforme, donde lo racional, afectivo, sensitivo, experiencial e imaginativo la conforman (Goleman). Esto es muy importante para la desconstrucción del nuevo “orden” que nos desean imponer. Ante una civilización icónica, impulsiva, jerárquica y uniformante es urgente trabajar por la “individuación solidaria”(1), donde todos y cada uno hemos de ser infonomistas (Alfons Cornellá), es decir, gestores y procesadores de información dispersa, interesada y blindada.
Son apasionantes los temas que se nos presentan y nos urgen sin olvidar las, que por otra parte, considero posturas equivocadas: la excesiva ideologización y populismo de los que ya nos advirtiera en sus últimos escritos Freire, y que nos convierte, con demasiada frecuencia, en fundamentalistas, voluntaristas y activistas marginales.
Por último, en una sociedad cambiante, mestiza y global, es imprescindible una evaluación constante. La evaluación a la que me refiero ha de ser permanente y no considerada como exámenes reaccionarios que sólo responden a una concepción estática y jerarquizada de la sociedad y de la misma educación, sino como proceso de aprendizaje donde se acentúa, si cabe, la competencia. Los saberes/competencias adquiridos por las experiencias a lo largo de toda la vida, deben de ser validados académicamente (Tomás Díaz, Universidad de Valladolid) y la biografía, las historias de vida, elementos básicos de investigación participativa, no un adorno snobista; la feminización y la ecología serán constitutivas de esta sociedad y esta nueva educación, o no podemos construir nada, habremos fracasado.


Sevilla Abril 1999

Francisco Barco Solleiro